sábado, 14 de junio de 2014

Un hasta luego a Borges

Hace muchos, muchos, muchos, años compré en la librería Lerner del Centro de Bogotá D.C., un libro o varios, ni siquiera recuerdo cuál o cuales eran, y me regalaron, después de pagar, un afiche precioso con lo siguiente impreso en el:


Nuestra vida, como estos diálogos, y como todas las cosas, ha sido prefijada. También los temas a los que nos hemos acercado.
Con el correr de la conversación he advertido que el diálogo es un género literario, una forma indirecta de escribir.
El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales. A esta altura de mi vida siento estos diálogos como una felicidad.
Las polémicas son inútiles, estar de antemano de un lado o del otro es un error, sobre todo si se oye la conversación como una polémica, si se la ve como un juego en el cual alguien gana y alguien pierde. El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de boca de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o desde qué nombre, es lo de menos.
Borges en diálogo, conversando con Osvaldo Ferrari. 
Me parece precioso y en su momento llegó como ese diálogo, esa cosa que fue prefijada y que debe ser un mantra de vida, de meditación constante, pero que olvido constantemente y sin embargo es mi posesión más preciada del legado de Borges, a quién no he leído.
Estamos a un día de elecciones presidenciales en Colombia y soy apasionada en mi discurso, que en realidad es muy pobre, o muy rico, dependiendo de dónde se mire, mi voto sin miedo y con valor será por Juan Manuel Santos, el actual presidente ¿Por qué? Porque reconoció el conflicto armado interno, reconoce y ama al enemigo como interlocutor, dándole una salida elegante y digna, política, utilizando las palabras y el diálogo no las balas, que fácil es matar comparado con tener que hacer el ejercicio tan desgastante de ponerse en los zapatos del otro, aunque tenga los prejuicios y el asco de la pecueca. Se reconocen a las víctimas incluidas las víctimas del Estado. Y porque es un Católico blando en los términos de Johan Galtung a lo que me refiero es sobre sus posturas en temas tan importantes como el reconocimiento de los derechos humanos de la comunidad lgtbi.
Bueno y todo esto para decir, que caigo una y otra vez en el mismo error, me proclamo poseedora de la verdad y me pongo beligerante para ganar la discusión, que desde su nacimiento esta perdida, por no buscar la felicidad y la conclusión que no importa desde que lado de la mesa este. (el mio sin duda) (risa) (por lo menos en estas elecciones).
Gracias Borges por recordarnos lo que debe ser inolvidable, pero que con frecuencia y en el fragor del diálogo se nos olvida constantemente.
Finalmente, cuando acusamos al otro de fundamentalista, maniqueista, dicotomico y polarizador, cuando asumimos con tal vehemencia la defensa de nuestras creencias, caemos en la paradoja de a pesar de la viga en el ojo propio, poder ver la paja en el ajeno.

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